Se enredan en el cabello que, por azar
o fuerzas sobrenaturales predeterminantes,
se posó cerca para traicionar la soledad.
Impávidas y vibrantes delinean tus ojos de agua.
Son testigos de tus desconsuelos y
Amparan restos de humores oculares
A la vigilia recelosa de tus gemas cóncavas
Se empapan, iracundas, con gotitas traviesas,
que en su vehemencia juvenil
se encuentran piel a piel, con un destino fatal
que ultima en la comisura de tus labios.
Esclavizadas a los párpados
En cada lumbre se alzan desesperadas
para casi rozar a sus semejantes:
Las arqueadas que ríen o imitan la angustia.
Viven lejos y a un centímetro. Culturas desconocidas.
Respiran el mismo aminoácido,
pero no se besan.
Entonces condenadas mil veces por su propia inercia,
A una subsistencia efímera,
Al sinsentido de una pelusilla.
Tal como los hombres.
Y puedo escuchar a los dioses celestiales florecer
Desde la cúpula fugaz, fatalmente azabache.
No olvidaré los universos delineados que presencié en aquel relámpago inmortal
Donde casi alcance dimensiones únicamente conocidas para los gravitones.


